• En su exploración del amor, la discriminación y la masculinidad en plena Guerra Fría, lo nuevo de Guillermo del Toro es un tierno, y sádico, cuento de hadas.

Los monstruos, como manifestación de los amenazadores misterios del mundo, han formado parte de nuestro imaginario desde el inicio de la civilización. Con frecuencia representan la lucha entre el orden natural y las repercusiones, casi siempre fatídicas, de la intervención humana. El cine ha visto pasar a monstruos de obras clásicas como Frankenstein, y ha creado los suyos propios como Godzilla en los años 50. Ambos casos, cada uno a su manera, son ejemplos de la catástrofe concebida por el afán de la humanidad por subyugar al mundo.

Quizá de un modo más sutil e íntimo, los monstruos de Guillermo del Toro también representan una forma de miedo, no tanto a la naturaleza indomable del universo, sino a la propia y a la que emana de nuestro entorno inmediato. Pasando por El espinazo del diablo (The Devil’s Backbone) a El laberinto del fauno (Pan’s Labyrinth) e incluso Titanes de Pacífico (Pacific Rim, su obra más “superflua”, por llamarle de alguna forma), Del Toro aborda con constancia a protagonistas inadaptados cuya pérdida de la inocencia ocurre en un contexto bélico, y en el que los monstruos verdaderos se ocultan detrás de un rostro humano.

El director mexicano se adentra de nuevo en dichos temas, al menos en parte, con La forma del agua (The Shape of Water). Sally Hawkins interpreta a Elisa Esposito, una muda trabajadora de intendencia en un laboratorio gubernamental de Baltimore. Con la Guerra Fría y la carrera espacial en auge, la instalación científica recibe al implacable coronel Richard Strickland (Michael Shannon), quien entrega un tanque que aloja a una criatura para ser estudiada. Elisa pronto descubre que el misterioso ser (Doug Jones), al igual que ella, no puede hablar, pero es capaz de entender las emociones humanas y  aprender a comunicarse por señas.

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Podría hacerse una lista de elementos ya vistos en la filmografía previa de Del Toro, ya que incluso repite personajes arquetípicos (el de Shannon es otra versión del sádico militar macho de El laberinto…, el capitán Vidal de Sergi López). Sin embargo, enmarcada en Estados Unidos en la década de los 60, La forma del agua provee una alegoría sobre el clima de intolerancia de su época: la película comenta tanto de la segregación contra los afroamericanos, como el rechazo a los homosexuales, y la incapacidad de adaptarse en un mundo donde el macho cristiano y blanco lleva la batuta.

Del Toro coloca a su verdadero monstruo en Shannon, y en su caracterización se asoma una simplificación demasiado burda de lo que él representa. Es la encarnación de un patriarcado violento que reprime la aceptación y el amor, y es aquí donde el filme cae en una crueldad tan descarada en su realismo que no debería encajar en ninguna fantasía. No lo hace del todo en ésta, y es uno de sus elementos más inquietantes.

Su antídoto son Elisa y el ser anfibio, tierno pariente lejano de El monstruo de la laguna negra. Su relación, a pesar de sus elementos más extraños, se desenvuelve como una fábula con todo y moraleja sobre la belleza que subyace incluso al exterior más horrendo.

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Hawkins y Jones, desprovistos de voz, la hacen funcionar en un verdadero milagro actoral a punta de las señas y el rostro de la primera, y los movimientos y pantomima del segundo, cubierto de pies a cabeza en un complejo disfraz de pez. La emoción y compasión que ambos logran transmitir otorgan su corazón a La forma del agua, uno que la sostiene a pesar de los diversos frentes en los que se desenvuelve: parte fantasía, parte historia de amor, y parte thriller político de la Guerra Fría. Más que divagar, Del Toro los condensa con maestría.

Es fácil enamorarse de su atmósfera de cuento de hadas, lograda por el acuoso diseño de producción que, a través de ojos nostálgicos, extrae su máximo potencial al color verde (¿o acaso es turquesa?). La forma del agua es digna de verse, pero que quede la advertencia de un posible regusto a sadismo malsano.