• Sencilla en todo aspecto desde su concepción, la nueva película de David Lowery es una demostración de poesía audiovisual.

Sería fácil, y muy injusto, definir a Historia de fantasmas (A Ghost Story) en razón de aquello que no es. En una época en la que podríamos creer que nada puede impresionarnos, sin importar lo escandaloso, violento o elaborado que sea, tendemos a ignorar a cualquier producción encaminada en dirección opuesta al principio de “lo más”: más efectos especiales, más sexo, más golpes, más controversia.

La nueva película de David Lowery, podría decirse, ya tiene brillo propio por ser la antítesis de todo lo anterior, un ejemplo del más extraordinario minimalismo, calificativo aplicable a cada aspecto del filme, desde el diseño de audio, las interpretaciones, la música, el montaje, los decorados y el vestuario. Este último, en plena era de la captura de movimiento y complejo maquillaje para imaginar sinfín de criaturas, abraza la sencillez a un punto de ingenio y ternura tal, que el resultado debería ser un protagonista absurdo.

Pero no lo es. Por el contrario, encaja a la perfección con la atmósfera melancólica y contemplativa de este sencillo filme, uno que alcanza sus ambiciones narrativas, en apariencia igual de simples, con la elegancia de recursos tan elementales como una sábana puesta sobre Casey Affleck, quien interpreta a un músico víctima de una muerte temprana. Él despierta en la morgue con una sábana encima y, cual alma en pena, vuelve a la casa que compartió con su esposa (Rooney Mara) donde es testigo de su duelo.

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Es todo lo que se necesita saber del argumento y, también, es casi todo lo que hay. Tampoco hace falta más: la ambición de Historia de fantasmas no está en el drama sensiblero, sino en hacernos testigos del dolor, la añoranza y el amor a través de la enormidad del tiempo, un río implacable en el que somos poco más que una hoja de árbol destinada a marchitar.

Aquí yace su más impresionante logro, en su capacidad de transmitir esta melancolía en términos estrictamente cinematográficos. Salvo un crucial monólogo hacia su tercer acto, ésta bien podría ser una película muda cuyas imágenes naturalistas, cortesía del cinematógrafo Andrew Droz Palermo, transmiten por sí mismas soledad en el más grande de los campos o en la más enclaustrada de las casas. Al igual que a su protagonista, los planos largos nos orillan a presenciar la distensión del tiempo, los largos segundos que, poco a poco, transforman la vida que conocemos hasta que queda por completo en el pasado.

Incluso si su carácter meditativo puede resultar repelente, Historia de fantasmas es refrescante por el extraordinario poder de una sencillez capaz de rompernos el corazón y, como su fantasma, quedarse en nuestra memoria para siempre.