• El director Rian Johnson se divierte (quizá más de la cuenta) en su turno al bate para llevar la saga galáctica a nuevos territorios

“Deja morir el pasado”, enuncia Kylo Ren (Adam Driver) en un instante de Star Wars: Los últimos Jedi (Star Wars: The Last Jedi). “Mátalo si es necesario”.

Si algo describe a este octavo episodio de la saga, es su disposición a romper con las convenciones que, justo este año, cumplieron cuatro décadas de existencia. El director Rian Johnson (Looper) ha confeccionado una película que no teme desafiar las expectativas de la audiencia, unas veces con verdadero ingenio, y otras, a costa de uno o dos chistes demás.

El nuevo capítulo se ubica apenas momentos después del anterior, El despertar de la Fuerza (The Force Awakens). Los remanentes de la Resistencia, encabezada por la general Leia Organa (una excelente Carrie Fisher en su última aparición fílmica), emprenden la huida de la poderosa Primera Orden. En el remoto planeta de Ahch-To, Rey (Daisy Ridley) por fin ha encontrado al legendario maestro Jedi, Luke Skywalker (Mark Hamill), con intención de traerlo de vuelta a la lucha.

En adelante, Los últimos Jedi se estructura alrededor de la huída contrarreloj mientras Finn (John Boyega), Poe Dameron (Oscar Isaac) y la novata Rose (Kelly Marie Tran) idean un improbable plan para salvar a la Resistencia. Aunque el recurso no es un novedad para Star Wars (algunas de las secuencias más icónicas de la franquicia implican la presión del tiempo), Johnson lo pone a buen uso para mantener una atmósfera de apremio durante las dos horas de una película para la que, en otras instancias, toma decisiones cuyos efectos van de la auténtica conmoción, a la risa fácil o la desafortunada decepción.

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Basta decir que, para hacer justicia a su ominoso título, el octavo episodio se permite ampliar la noción binaria del bien y del mal que ha caracterizado a la saga desde su concepción, y que de ahí nace el desencanto del veterano Skywalker. Desdibujar esta línea permite abordar el mito de la Fuerza de una manera más fresca para los protagonistas de la trilogía en curso, Rey y Kylo Ren, que no son definidos en meros términos de “la buena y el malo”. Incluso el mismo Luke Skywalker, héroe entre héroes, es presentado como una figura problemática. Comenzar a desmitificar a la Fuerza, los Jedi y los Sith es, quizá, el gran y más emocionante logro de Los últimos Jedi.

Y también por ello es una pena (por no decir contradicción) que el resto de sus villanos se conviertan en meras caricaturas malvadas de como fueron presentados en el Episodio VII.

El “heredero aparente de Lord Vader”, como se le nombra en un punto, no se vislumbra por ningún lado: no hay en el horizonte una sola figura lo mitad de imponente. Sorprende la ligereza con que Lucasfilm aborda a los personajes en el Lado Oscuro de la Fuerza cuando la franquicia ya se ha atrevido a explorar sitios en extremo sombríos en previas ocasiones, incluso dentro de la “era Disney”: apenas el año pasado, Rogue One nos entregó uno de los momentos más violentos del afamado Lord de los Sith, quien permanece como el ideal a alcanzar.

Los orígenes idealizados de la franquicia, en particular su primera trilogía, resulta una problemática paradoja, pues para una película que se afianza en el discurso de romper con la tradición y “dejar morir el pasado”, Los últimos Jedi no duda en apoyarse en la nostalgia. Muy a pesar de las gratas sorpresas, los paralelos con otros episodios son tan obvios que vale cuestionar si no son reciclaje.

Se nota también que la solemnidad pesa como factor de rechazo hacia la trilogía de precuelas de George Lucas. Tanto, que Johnson parece haber corrido en dirección diametralmente opuesta y encontrado el punto en el que muchos gags son demasiados. Seguro, es bien sabido que estas películas también son una de las armas más grandes de la mercadotecnia juguetera, pero la gratuidad de los nuevos bichos alienígenas, los Porgs, bien valdría acuñar el término #PorgPorn.

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Sin embargo, también hay que destacar que Los últimos Jedi tiene momentos de genialidad en su narrativa visual y que, si alguna vez quedaron dudas sobre el potencial estético de Star Wars, éste es el filme que las disipa: el cinematógrafo de cabecera de Johnson, Steve Yedlin, ha creado las composiciones más bellas de la lejana galaxia, una rareza para una franquicia cuya principal preocupación, históricamente, ha sido el avance de los efectos especiales digitales, a veces con resultados de una artificialidad desconcertante.

Rian Johnson es, ya desde hace un mes, el encargado de Lucasfilm para desarrollar una nueva trilogía de Star Wars una vez que J. J. Abrams concluya la actual en 2019 con el Episodio IX. Si es el hombre ideal para el trabajo está por verse, y aun si los riesgos que asumió con este episodio no fueron del todo acertados, es bueno saber que hay alguien dispuesto a hacerlo.