• Marvel cierra la trilogía de su Dios del trueno con carisma y kitsch en una película que ya hemos visto antes.

Lo más nuevo del Universo Cinematográfico de Marvel (UCM) nos presenta a un carismático héroe rubio cuyo camino se cruza con el de una guerrera de trágico pasado, una mole demoledora poco inteligente, y otro personaje engañoso y sarcástico. Juntos han de salir de un rincón galáctico de mala muerte, para luchar contra una entidad maligna que busca destruir el mundo de los buenos como venganza. Y, de paso, hay música rock o pop.

¿Acaso no habíamos visto ya Guardianes de la Galaxia?

Esta transformación se veía venir desde el primer avance de Thor: Ragnarok. En él, el otrora melodramático asgardiano aparecía rodeado de naves, colores neón y música de Led Zeppelin, porque al diablo Kenneth Branagh y su superhéroe shakesperiano. Son más llamativas las metralletas que disparen ráfagas de láser… y de kitsch, ya que están en ello.

Seguro, Thor ha sido el menos taquillero en la alineación del UCM, sólo por arriba de HulkAnt-Man (cada uno de éstos con una sola película en solitario), y ha carecido de una personalidad definida a pesar de haber aportado a la franquicia su villano más memorable. Hay que reconocer que la idea de un dios nórdico, que también es un alienígena con fuerza sobrehumana, y que gusta de pasar sus fines de semana con Tony Stark y el Capitán América, siempre fue difícil de adaptar. Sin embargo, a pesar de su naturaleza absurda, había una nobleza en este héroe de capa y martillo.

El problema era que esta identidad no resultó tan atractiva como la de otros héroes para el público, al menos no lo suficiente, pues su nada despreciable recaudación de casi $450 millones de dólares se consideró insatisfactoria en comparación.

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Así, la lógica mercadológica es tan obvia como predecible: si no funciona, hay que adaptarlo a lo que sí. Donde las dos entregas previas caminaron con cuidado entre la verosimilitud y la extravagancia de su premisa, Ragnarok desecha la primera y abraza la segunda. A cambio del vago drama teatral de linajes divinos y mitología nórdica-espacial, Thor se parodia a sí mismo mediante sarcasmos y antagonistas que nunca sabemos si son caricaturas intencionales o no, para convertirse en un remedo de Star-Lord y compañía, con un martillo en lugar de pistolas.

Podrá ser predecible, pero para efectos de inocente esparcimiento, no puede negarse su efectividad pues, por lo menos en cuanto a diálogos y comedia visual, Marvel entrega una de sus películas más entretenidas a la fecha. El neozelandés Taika Waititi extrae las dotes cómicas de Chris Hemsworth como Thor, por lo visto superiores a las dramáticas, y logra momentos que sacarán risas genuinas. Incluso si Hemsworth llega a ser tan sólo aceptable como cómico, Tom Hiddleston y Mark Ruffalo están ahí para complementarlo.

Como Loki, Hiddleston es más del mismo ente ácido y resentido hacia su familia adoptiva, lo cual es algo muy positivo en este caso: aún se mantiene como uno de los personajes más carismáticos del UCM, si acaso el más, responsable de varios de los mejores momentos de Ragnarok. Por su parte, a Ruffalo por fin se le permite ir más allá de ponerse verde y destrozar cosas, pero no mucho más. Este gigante esmeralda, antes una formidable fuerza de la naturaleza, ha llegado oficialmente al punto de la franquicia en que el que puede decir “Hulk triste”. Léase con voz profunda, lenta y torpe.

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En otras partes, existe talento demasiado grande para los zapatos que debe llenar. Por una vez la antagonista es femenina, y siempre será un gusto ver a Cate Blanchett hacer lo suyo en pantalla. No tanto así que su Hela, Diosa de la muerte, haya sido creada a la semejanza de los Ronan y los Malekith que vinieron antes (probablemente no recuerden esos nombres, y ése es el punto). Se trata de una Rita Repulsa con una formidable habilidad para las espadas de CGI, y nada más.

La muy necesitada dosis de heroísmo femenino viene de la mano de Tessa Thompson y su Valquiria, una guerrera legendaria caída en desgracia con una insana afición por el alcohol. Thompson trae una energía revoltosa a un personaje flojo en antecedentes y motivaciones, así que se agradece la inyección de personalidad.

Y luego está Jeff Goldblum interpretando una versión alienígena de sí mismo, que se desempeña como esclavista y tirano de un coliseo galáctico. En absoluto intrascendente para la trama, pero hilarante en cada aparición, Goldblum está tan inexplicablemente pintarrajeado como Sakaar, el planeta en el que transcurre casi toda la película y que sin duda provocará dolor de ojos en más de uno.

Luces neón, hologramas, basureros, carnavales, estadios, campos de fuerza azules y rosas, máscaras, criaturas humanoides genéricas, naves con metralletas láser, naves en forma de disco, naves con fuegos artificiales, agujeros de gusano con nombres escatológicos… la estridencia visual de Thor: Ragnarok es tal que camina la delgada línea entre la alegría genuina y el mal gusto, sólo superada por sus materiales promocionales.

Por lo menos queda claro que Marvel ya encontró la fórmula que le funciona, y es un hecho que en adelante, todo lo posible será forzado para caber en ese molde. Waititi cumple con una película para chicos y grandes: extravagancia cromática, bromas sobre anos, actores de renombre en secuencias trepidantes creadas por computadora… Que cada quien disfrute lo que le parezca, mientras perpetúe la multimillonaria franquicia cinematográfica.

Ah, y Benedict Cumberbatch tiene un cameo gratuito, para quien esté llevando la cuenta.