Es común, y mucha razón hay en ello, llamar a 2001: Odisea del espacio (2001: A Space Odyssey) la mejor película de ciencia ficción de todos los tiempos. Los motivos son variados: el más obvio y superficial, sus innovaciones en efectos especiales (proezas que le valieron su único Óscar a Stanley Kubrick), que posibilitaron un viaje audiovisual creíble e inmersivo por el espacio, con un año de adelanto al alunizaje de la misión Apollo 11.

Quizá más que ninguna otra cosa, 2001 ha persistido como uno de los más grandes clásicos durante 50 años por la diversidad de interpretaciones que permite. Kubrick, en las limitadas entrevistas que concedió a lo largo de su vida, afirmó que aspiraba a crear una obra que, por medio de la experiencia sensorial del cine, lograra comunicar sus ambiciosos conceptos valiéndose sólo de la imagen y el sonido. Es decir, una película para sentirse y no para pensarse.

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Desde “el amanecer del hombre” como su primer acto, al cierre con la ominosa presencia del “Hijo de las estrellas” (o “Star child”), muchas han sido sus lecturas, pero hay un hilo conductor claro: el nacimiento de la raza humana, y su evolución orquestada por una entidad superior mediante el primordial descubrimiento de la tecnología en la forma de un hueso, hasta llegar a la cúspide de su potencial científico y tecnológico, y más allá.

Así como hoy miramos atrás y tildamos al hombre mono de primitivo, ¿habrá un estadio futuro en que nuestra especie mire del mismo modo al homo sapiens? Llegado el momento, esto supondrá un salto equiparable a la puesta en tela de juicio que la ciencia moderna significó para Dios y la religión, con el vacío moral y filosófico que esto trajo consigo. 2001 se sustenta en el superhombre de Nietzsche en “Así habló Zaratustra” para plantear cuestiones sobre el futuro de la humanidad. De cara a la cúspide del viaje espacial y la inteligencia artificial, ¿cuál es nuestro próximo paso evolutivo, y qué es lo que implicará?

Para quienes vean la película (y quienes no lo hayan hecho aún, ya van medio siglo tarde), un perfecto complemento se encuentra en el libro The Philosophy of Stanley Kubrick“, del que les comparto un fragmento a continuación. “Nietzsche’s Overman as Posthuman Star Child in 2001: A Space Odyssey“, por Jerold J. Abrams, explora la manera en que Stanley Kubrick se adueña del concepto de superhombre y nos ofrece un vistazo tan escalofriante como esperanzador al futuro de nuestra especie.

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