• La adaptación de la novela homónima es un festín visual de cultura pop que, al mismo tiempo, pierde un componente importante del material original.

En retrospectiva, pareciera que no había designado más obvio que Steven Spielberg para dirigir Ready Player One. Obvio casi al punto de ser destino, o bien, una extraña paradoja temporal producida por Ernest Cline, autor de la novela original.

En una extraña fantasía geek podría pensarse que Cline, un evidente fanático de la cultura pop, se subió al DeLorean para viajar a los años setenta, inspirar a Spielberg a inventar lo que hoy conocemos como blockbusters, y así desencadenar la creación de las películas y demás producciones que, por centenares, constituyen nuestro imaginario colectivo contemporáneo, de Star WarsJurassic Park y todo lo que hay en el camino.

A su vez, esto infundiría en el Cline del futuro la pasión detrás de Ready Player One (el libro), cuya prosa tan repleta de referencias a la maquinaria pop acabó por completar el círculo. Así se dio el llamado de la fábrica hollywoodense a su más renombrado campeón, el mismo creador de los taquillazos, para encabezar la más reciente manifestación del espectáculo cinematográfico.

Eso es es precisamente lo que logra: quien se considere fanático del cine, los cómics, los videojuegos, el anime, o todo a la vez; encontrará en Ready Player One (la película) un verdadero y muy entretenido festín audiovisual que, además, sintetiza de manera satisfactoria la densa mitología de la novela.

Si hay algo en lo que fracasa es en capturar el carácter admonitorio que yace bajo la frivolidad popera del libro. Una franca sorpresa si se piensa que, junto con Zak Penn, el propio Cline es guionista de la adaptación.

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Sobre Ready Player One hay que saber que la historia se desarrolla en el año 2045, cuando el decadente planeta Tierra está ya tan privado de recursos, que casi todos los centros urbanos han quedado reducidos a pocilgas industriales. Sin tener a dónde ir, la humanidad se sumerge en el universo de realidad virtual conocido como OASIS, creado por una versión mesiánica de Steve Jobs, James Halliday (Mark Rylance).

Soltero y sin descendientes, Halliday ofrece su herencia con un particular giro: dentro de su creación yace oculto un “huevo de Pascua” como en los videojuegos de antaño, con la promesa de acceso y propiedad total sobre OASIS a quien sea capaz de encontrarlo. Así, los miembros de toda una subcultura del mundo virtual conocida como gunters (abreviación de “egg hunters“) dedican sus vidas, como si fuesen arqueólogos, a buscar el huevo en una carrera contra la corporación Innovative Online Industries (IOI), que piensa adueñarse del universo digital para monetizarlo.

La cacería, entonces, se vuelve una suerte de lucha por las últimas sobras de libertad, que no es nada más que escapismo, ante una realidad que ya ha sido devorada por las corporaciones. En OASIS, cualquier persona puede desaparecer tras el anonimato de un avatar, su representación fabricada en el mundo virtual que puede tener el aspecto, sexo, ocupación y especie que el usuario desee. Igual que Halliday se aparecía dentro de su creación como el todopoderoso mago Anorak, nuestro protagonista, Wade Watts (Tye Sheridan), se manifiesta como Parzival, poseedor de un conocimiento enciclopédico sobre el creador de la simulación en la que invierte la mayor parte de su tiempo.

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La forma en que OASIS nos es presentado marca toda la diferencia, y es donde se nota la mano del Spielberg del parque de dinosaurios, los alienígenas con dedos que brillan y los arqueólogos aventureros. Es el opuesto de un Cline que dedica capítulos completos a las desoladoras vicisitudes de vivir (en todo el sentido de la palabra) dentro de una realidad virtual, en una soledad forzada ante una corporación sin escrúpulos ni compasión.

En cambio, Spielberg musicaliza sus panorámicas de las torres de remolques, símbolo de una sobrepoblación insostenible, con los sintetizadores ochenteros de “Jump“, el himno optimista de Van Halen. Si el mundo se cae a pedazos a nuestro alrededor, basta con ponerse el visor y sumergirnos en la nostalgia por un pasado idealizado.

Después de todo, ¿quién no querría hacer eso? El atractivo de dicho prospecto es planteado por ambas versiones de Ready Player One, pero sólo una de ellas expone su contraparte con éxito. El refugio de la simulación y la cultura pop sólo enmascara un mundo deshumanizado por la ambición de unos y la apatía de otros, pero al final de la versión literaria, queda abierta la puerta hacia una escapatoria.

Higienizada para evitar los elementos más crudos de la historia original, la versión spielbergiana es, en una paradoja, la antítesis de su moraleja: una auténtica manifestación del OASIS que sólo necesitaría que la pantalla se tragase al público de la sala para ser perfecta.

Pero de que cumple con su cometido de emocionar a cambio de carretadas de dinero, no hay duda alguna. En ningún otro sitio puede verse a Gundam luchar a muerte contra Mechagodzilla… y eso es algo muy cool.