• La quinta película de Edgar Wright es una cátedra de edición, coreografía y musicalización al servicio de una comedia criminal híper estilizada.

¿Qué tan crucial puede ser la música en una película? Por un sinfín de motivos puede argüirse que es tan esencial como las imágenes o las interpretaciones de los actores para transmitir emociones y establecer el tono general. Sin embargo, son pocos los casos en los que la banda sonora es más que un conjunto de música incidental (melodías tétricas para secuencias de terror, melosas para las románticas…), un mero añadido ornamental.

Baby Driver (infamemente titulada Baby: El aprendiz del crimen, como me rehuso a llamarla) trasciende esta clase de trivial musicalización, y no conforme con eso, hace de su soundtrack un elemento expresivo, estético, estructural y narrativo esencial. El director Edgar Wright ya había dado pequeñas muestras de ello, en particular con su adaptación de Scott Pilgrim, pero la música de su quinto filme está, por decir lo menos, irremediablemente integrada al ADN de todas sus secuencias, así como a la psicología de su protagonista.

“Baby” (Ansel Elgort) es, desde que era demasiado joven para manejar, el prodigioso conductor de huida para todos los robos orquestados por “Doc” (Kevin Spacey), con quien tiene una deuda que saldar. Además, debido a un accidente, padece de tinnitus (un zumbido incesante en los oídos), por lo que recurre a la música de su iPod para enmascarar el sonido.

Cuando se enamora de Deborah (Lily James), una mesera también apasionada por la música, “Baby” decide buscar la manera de dejar atrás la vida criminal e irse lejos con ella, pero como suele ser en estos casos, se dice fácil.

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Naturalmente, la acción en Baby Driver se concentra en las obligadas persecuciones, en todo momento al ritmo de la música en los audífonos de “Baby”, comenzando con el tema “Bellbottoms” de The Jon Spencer Blues Explosion. Ésta fue la melodía con la que Wright concibió toda la idea de la película.

La secuencia inicial es sólo la primera prueba de las genialidades en la musicalización, edición y coreografía en sincronía absoluta. Sin duda, ésta es una película pensada desde el comienzo como una larga pista de 113 minutos de ritmo perfecto, desde la más estrepitosa acción sobre ruedas, hasta las diminutas tareas como contar billetes o mirar la ropa en las lavadoras.

La imagen siempre opera según el engranaje musical (lo que convierte, por consiguiente, a los silencios en una anomalía con potentes resultados expresivos). La visión inicial de Wright es impecable, pero sólo es consolidada por el trabajo de montaje (Paul Machliss y Jonathan Amos, ambos colaboradores previos), y la coreografía de Ryan Heffington, quien organiza cada pisada, salto y disparo al son de la banda sonora.

Esta bomba técnica es aderezada por un reparto en su mayoría intachable, y si bien casi todos caen dentro de arquetipos, cuentan con el suficiente desarrollo y carisma para interesarse por sus destinos. Spacey exprime hasta lo último de este papel, que se antoja algo pequeño para él, pero no por ello deja de ser intimidante y elegante por partes iguales.

“Bats” (Jamie Foxx), “Buddy” (Jon Hamm) y “Darling” (Eiza González) completan la banda de ladrones, y todos logran establecer con “Baby” una tensa ambigüedad que los hace tan confiables como temibles. El personaje menos aprovechado es el de Lily James, cuyas motivaciones apenas son exploradas y, por momentos, queda reducido a sólo un accesorio.

Ese podría ser el único “pero” a una película que en todo sentido es impecable y refrescante para cerrar un verano de altibajos cinematográficos (lástima de su tardío estreno en México). Baby Driver es, por virtud de destilar coolness, uno de los más originales filmes en lo que va del año, con un balance perfecto de romance, acción y comedia para diversos gustos. Imperdible.