• La nueva cinta de Denis Villeneuve es uno de los exponentes más bellos y emotivos de la ciencia ficción, con una maestría nada disímil a la de un tal Stanley Kubrick para explorar uno de los aspectos esenciales de la condición humana.

Para tratarse de un relato puesto en marcha por la aparición de naves alienígenas en la Tierra, La Llegada (Arrival) parece poco interesada, de hecho, con los extraterrestres. El nuevo trabajo de Denis Villeneuve (Sicario: Tierra de Nadie, Intriga) deja de manifiesto que una verdadera película de ciencia ficción está menos preocupada por el exceso visual de los efectos digitales, y más por la exploración de lo que constituye ser humano.

El resultado es una emotiva, inteligente y poderosa obra de ciencia ficción que explora temas como el amor, la empatía, la comunicación y el tiempo con total maestría del lenguaje cinematográfico, colocando a La Llegada en lo más alto del género, allá donde se encuentran clásicos de tal magnitud como 2001: Odisea del Espacio.

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Si la esencial obra de Kubrick comparte con la de Villeneuve el aspecto de reflexión sobre la condición de nuestra especie (en su caso, los peligros del progreso tecnológico y los saltos de la conciencia humana que estos suponen), ambas difieren en la escala de sus relatos. Aquí no existe la reveladora travesía espacial, pues se trata de un viaje terrenal y personal, tocando temas como las barreras que el lenguaje supone para la mente, para nuestra concepción de la realidad, y para la capacidad de conectarnos los unos con los otros.

Con el lenguaje y el tiempo como leitmotiv, La Llegada encuentra una de sus mayores proezas al hacer que la forma sea reflejo de su contenido y viceversa, logrando un matrimonio del lenguaje del cine y su particular relación con el tiempo. Sin entrar en demasiados detalles, la exquisita narrativa no lineal de Eric Heisserer (cuyo guión es adaptado de La Historia de tu Vida de Ted Chiang) encuentra su complemento perfecto en la cinematografía de Bradford Young, quien hace buen uso de las imágenes para hacer accesibles los conceptos que presenta la trama, y al mismo tiempo constituye una poesía cinematográfica llena de metáforas visuales que, llegado el final de la película, muestran cómo ésta debe ser leída.

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La cereza del pastel viene cortesía de las interpretaciones, si bien el mayor peso recae en Amy Adams, quien bien podría estar entregando una de las actuaciones más poderosas de su carrera al lucir un rango interpretativo cargado de melancolía, frustración y genuino terror. Canalizadas a través de Adams es como la emocional historia y la belleza de la narrativa visual logran su impacto en el espectador.

Con su riqueza visual y narrativa, La Llegada es sencillamente una de las mejores películas del año, y una bocanada de aire fresco para un género que a veces pareciera abandonado al espectáculo visual gratuito. Con su foco en la naturaleza de las relaciones humanas y la búsqueda de una conexión sincera entre miembros de nuestra especie, la película no podía estrenarse en un mejor momento. Si hablásemos todos el mismo lenguaje, y así tuviésemos una misma concepción de la realidad, ¿podríamos vivir en unidad? Esa clase de preguntas representan la riqueza reflexiva de La Llegada que, en estos tiempos, constituye la clase de arte que necesita la raza humana.