• El humor escatológico de este “hombre navaja suiza” conforma una interesante presentación para un relato sobre el arrepentimiento y el deseo de vivir.

De los muy variados calificativos que podría merecer la premisa de Un cadáver para sobrevivir (Swiss Army Man), quizá “audaz” sea el más adecuado. Un náufrago y un cadáver parlante, putrefacto y flatulento, protagonizan este relato sobre afrontar y aceptar los propios remordimientos; una combinación que pocas películas pueden presumir de utilizar con éxito, en términos generales.

La cinta nos presenta a Hank (Paul Dano), un joven varado en una isla que, a punto de quitarse la vida, vislumbra a un cadáver en la playa. Luego de proceder a utilizarlo como una improvisada moto acuática impulsada por su actividad intestinal post mortem (en serio), Hank comienza la travesía en despoblado para volver a casa. Poco después descubrimos que el occiso, bautizado Manny (Daniel Radcliffe) aparentemente puede hablar, y que su cuerpo en descomposición puede ser utilizado como una auténtica navaja suiza humana.

En principio, la obra de los directores Daniel Scheinert y Daniel Kwan (alias “Daniels”) puede parecer un maratón de ridiculeces escatológicas y humor adolescente idiota, pero la mezcla de estos elementos constituye un coctel mitad comedia negra, mitad fantasía surrealista, al que subyace un viaje para enfrentar viejos arrepentimientos, y así encontrar el amor propio.

En estos términos, Manny funciona como una alegoría de las frustraciones de Hank, y de su deseo por seguir viviendo. El dúo protagónico tiene suficiente química para brindar credibilidad a estos 97 minutos de disparates, y Dano logra conseguir empatía de lugares tan comunes como el miedo al rechazo y un corazón roto. Quien realmente brilla por su dedicación es Daniel Radcliffe, pues aun desprovisto de sus extremidades y casi todos sus músculos faciales para su interpretación, logra imprimir asombro, miedo, tristeza y felicidad únicamente con su mirada muerta y el timing perfecto en sus líneas (con ayuda, también, de un impecable trabajo de maquillaje).

Igual de importante son la cinematografía y el montaje, en los que ambos Danieles demuestran versatilidad para cambiar el tono visual junto con el guión, alternando uso de cámara lenta o cortes rápidos, con una paleta de color fría para las contemplaciones sobre la soledad, y luego saltar a los tonos cálidos a la hora de las felices remembranzas. Recursos que se antojan un poco manipuladores, pero funcionan y, sobre todo, se notan bien cuidados (después de todo, el par de debutantes directores son conocidos entre otras cosas por el video de Turn Down for What, o por este otro para la banda Battles).

Un cadáver para sobrevivir también intenta hacer un comentario sobre la masculinidad reprimida, pero francamente se queda corta al hacer una alegoría cuestionable, por decir lo menos, efectivamente reducible a dejarse llevar por los impulsos del pene. Incluso si la moraleja de la historia tiene un pie en la cursilería y en el cliché, definitivamente gana puntos por su presentación: nunca antes ha resultado tan conmovedor un cadáver en descomposición con gases atorados.