*Escrita originalmente en Abril de 2016.

  • Tan ridícula y absurda como puede esperarse de los hermanos Coen, ¡Salve, César! (Hail, Caesar!) es al miso tiempo una cómica y mordaz crítica al sistema de estudios de los cincuenta, un indulgente retrato del hombre que lo hizo posible, y un nostálgico viaje en el tiempo a veces entorpecido por su propio peso.

Cuando se habla del viejo Hollywood de los cincuenta, es común escuchar opiniones del público sobre lo románticas que eran sus películas, la emoción que debía vivirse detrás de cámaras, o lo glamorosas que eran sus estrellas. Una percepción discutible que, si bien podría dar para centenares de historias oscuras y morbosas, es tomada por los Coen para crear un festival de sátira y ridiculez en su más nueva película.

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Por sí solo, el contexto hace interesante la elección de seguir la mayor parte de la trama desde la perspectiva de Eddie Mannix (Josh Brolin). Este individuo, que sí existió y fue parte fundamental de Metro-Goldwyn-Mayer en la era que se preciaban de “ser el estudio con más estrellas que los cielos,” era lo que se conocía como un “fixer”, alguien encargado de ocultar bajo el tapete todo tipo de escándalos de sus estrellas, desde embarazos no planeados, libidinosos estilos de vida, cuestionables asesinatos o muertes súbitas. Se trataba de un hombre encargado de lavarle diariamente el rostro a Hollywood.

Quizá consciente de sí misma, ¡Salve, César! puede leerse parcialmente como la película que haría Mannix sobre sí mismo: él es el héroe, el noble hombre de familia que pasa sus días sacando a sus actores de un apuro idiota tras otro. Tomada como la evidente sátira que es, los Coen tienen éxito en hacer reír aun echando mano de las decisiones morales más cuestionables que Mannix toma para proteger a sus estrellas Baird Whitlock (George Clooney) y DeeAnna Moran (Scarlett Johansson), caricaturas de actores como Kirk Douglas o Esther Williams.

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Estas parodias son el corazón de la cinta. A ellas se suman la de Hobie Doyle (Alden Ehrenreich), el arquetipo del vaquero cantor; y Burt Gurney (Channing Tatum), básicamente un clon de Gene Kelly. Los Coen reconstruyen minuciosamente los números musicales y masivas puestas en escena de la época, al mismo tiempo evidenciando su ridiculez para las miradas actuales, y demorándose demasiado en estas secuencias sólo por el deseo de tenerlas en el producto final. Aunque muy entretenidas de ver, hacia el cuarto número musical no puede culparse a nadie por preguntarse si la historia se dirige hacia algún sitio.

Normalmente, el absurdo es una constante en una película de los Coen y, en efecto, la historia no suele llegar a nada como en El Gran Lebowski (The Big Lebowski) o Quémese después de leerse (Burn After Reading), por poner ejemplos. Sin embargo, en dichos casos cada escena o secuencia disparatada sirve para acrecentar el sinsentido total de la película, pero cada montaje en ¡Salve, César! se percibe más como un número individual que lleva a la cinta en diferentes direcciones.

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Lo que comienza con el secuestro de Whitlock también toca tramas como el posible cambio de carrera de Mannix, la potencial historia de amor de Doyle, una montajista casi ahorcada, el embarazo de Moran, las investigaciones de las periodistas Thacker o los prolongados diálogos de los guionistas, entre otros más. Puede sonar a mucho, y lo es, además de que varias de estas tramas y subtramas quedan sin resolver, y no todas aportan algo de peso a la historia (Alison Pill y Jonah Hill tienen, francamente, muy poco que hacer en esta película).

No ayuda que, en conjunto con todo lo anterior, la trama hace malabares con otros temas de la época, como el advenimiento de la televisión, la paranoia de la Guerra Fría y el anticomunismo, así como cierto simbolismo religioso y alegorías al rol de los estudios como perpetuadores de los valores americanos y el status quo. Los Coen pecan de dotar a su película de muchos e interesantes niveles de lectura, pero de hilarlos con tantas interrupciones que el tejido final se percibe con cierta torpeza.

En el peor de los casos, ¡Salve, César! sigue siendo muy divertida y demasiado entretenida de ver, si no por su carga satírica, por lo menos sí por la gracia de sus actores y la complejidad de sus entremeses musicales. La trama podrá sentirse un poco revuelta, siendo algo que puede llegar a perdonarse por conducir a donde muchas otras historias de los Coen ya han ido antes: a ninguna parte.