• El estreno original de Netflix de este fin de semana, escrito y dirigido por Karl Mueller, pretende ser una sátira de la enajenante sociedad actual. Aunque lo logra por momentos, se percibe más como una floja evocación de El club de la pelea mezclada con Birdman.

Un vistazo a los minutos iniciales de Rebirth bastan para dar una idea de qué va la cosa: el primer montaje muestra a Kyle (Fran Kranz) en el tráfico hacia su trabajo y de regreso, en el escritorio, en la cocina de la oficina, mirando el reloj con hastío, corriendo en la caminadora, jugando con su hija, en el tráfico de regreso a casa con su esposa (Kat Foster)… La triste y frustrante monotonía sólo es rota cuando reaparece Zack (Adam Goldberg), un viejo amigo obsesionado con un manifiesto juvenil que ambos escribieron en la universidad y que, deseando una mejor vida para Kyle, lo incita a asistir a un fin de semana de “Rebirth”, en apariencia una suerte de curso de autoayuda.

Lo que Kyle va encontrando en el trayecto desde el hotel, luego el transbordo, al discurso inicial en un antro, desencadena una serie de circunstancias que dejan claro que Rebirth es más un perturbador culto que un seminario, y es aquí donde comienzan a establecerse los tintes de sátira (con varios paralelos a la Cienciología). Sin embargo, los diálogos repetitivos y las reiteradas críticas a la sociedad de consumo y la enajenación hacen que el filme, en general, se sienta como algo que escribiría o dirigiría David Fincher en una mañana de resaca. Rebirth es, de cierta manera, una versión actualizada pero descremada de El club de la pelea.

De hecho, la película de Mueller tiene a su Tyler Durden en el enérgico Zack de Goldberg (uno de los elementos más rescatables). Mientras, Kyle recorre los pasillos yendo de un momento bizarro a otro, desde terapias grupales con agresión física a calabozos sexuales, recibiendo genéricos cuestionamientos sobre el ser, el propósito y el conformismo en la sociedad. Estos trayectos brindan otro de los mejores elementos del filme, con tomas largas muy bien ejecutadas que, si tan solo carecieran de la musicalización jazzera, restarían atención a los símiles con Birdman.

Otro punto que llama la atención es la bienvenida al curso de “Rebirth”, con sus tintes metaficcionales en dos de sus mandamientos: “no a los espectadores” y “no a los spoilers”. El primero, quizá, en referencia a la cultura de internet donde el público es pasivo e incapaz de la reflexión; el segundo, augurando un final quizá impredecible para el viaje de Kyle. Una combinación potencialmente poderosa, que en última instancia carece del impacto esperado por falta de desarrollo, dado que la trama se empeña más en enfatizar la tensión psicológica de la estancia en “Rebirth”, que en las reflexiones resultantes.

Rebirth, al final, resulta un thriller más en el repertorio original de Netflix. Si, por alguna razón, han agotado el resto de su catálogo, puede que merezca la pena un vistazo, lo cual pueden hacer desde el 15 de julio de 2016.