La bahía de Tangolunda es famosa por una o mil razones, según quien lo cuente. Para muchos es por las mareas esmeralda y los lujosos hoteles, pero para mí es por el diminuto dinosaurio que, algunas noches por año, sale del mar a pasearse por la playa con las gaviotas.

Es tan pequeño que a oscuras se confunde con las aves marinas, como un regordete velociraptor más bajo que las tumbonas. También cuentan que solamente se aparece en la costa vacía, y únicamente ante ojos carentes de avaricia.

Hoteleros, periodistas y funcionarios de turismo voltearon hacia Tangolunda cuando se corrió la voz del pequeñísimo lagarto, pero éste nunca se dejó ver. Sin poder aprovecharse, la prensa desprestigió a la bahía y a sus trabajadores por locos, hasta que la gente dejó de ir.

Yo aún lo veo ocasionalmente, de hecho, con mayor frecuencia que antes. No dejo de pensar que esto no fue coincidencia, ¿habrá sido un plan del minúsculo reptil? Quizá estos viejos seres eran más listos de lo que dábamos crédito.