• En su séptima película, Darren Aronofsky entrega una pesadilla con ecos sobre la divinidad, la religión y la maternidad.

El misticismo que rodeó la publicidad de ¡madre! (mother!) fue notable, en virtud de que dicha campaña fue casi nula. Más allá del ruido de la crítica, de los tráilers y los crípticos carteles con Jennifer Lawrence sosteniendo su propio corazón arrancado del pecho, era poco lo que se sabía sobre la nueva obra del laureado Darren Aronofsky. ¿De qué se va a tratar? ¿Es un drama, una película de horror, o acaso un thriller psicológico?

Luego de haberla visto, la única certeza es que hay un poco de todo eso en la mezcla, pero la ambición de este filme sobrepasa cualquier género narrativo, y admite variadas lecturas gracias a los temas que aborda.

¡madre! (así, en minúsculas, con toda la intención) comienza como la historia del personaje titular (Lawrence), quien vive en una casa en medio de la naturaleza con su esposo, el poeta interpretado por Javier Bardem (y listado en los créditos como Él, con mayúscula). El equilibrio de su vida marital es roto por una pareja (Ed HarrisMichelle Pfeiffer), que de pronto es invitada por Él a vivir en su naciente hogar.

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Más adelante aprendemos que la casa en cuestión fue destruida en el pasado, y que el personaje de Lawrence ha hecho su propósito recrearla según los deseos de su esposo. Un hogar cuyo corazón latiente, en sentido literal, ella puede sentir y cuidar, y cuya esencia es corrompida por la invasión de los nuevos inquilinos.

“Invasión”, pues, es también la palabra que describe el rol que adopta la cámara de Matthew Libatique, cinematógrafo de cabecera de Aronofsky. La mayor parte del tiempo es la madre quien ocupa el cuadro en primer plano, y cuando no, vemos su punto de vista. Encima de Lawrence, el trabajo de cámara está diseñado para hacernos cómplices de su encierro psicológico, lo que resalta la sensación de que los intrusos acechan en cada esquina de la casa. El carácter viviente de ésta es logrado por un diseño sonoro tal, que pueden sentirse las texturas de su construcción, así como los fluidos que son derramados sobre ellas.

Los aspectos técnicos de ¡madre! crean una sensación de esquizofrenia visceral a fuego lento, con El bebé de Rosemary en su ADN, que se desata hacia el final de la primera de dos partes en las que está dividida. Para este punto, ya resulta evidente que esta película es una alegoría, pero decir cuál es el papel que Lawrence juega en ella reduciría su impacto.

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Lo cual es justo lo que ocurre entrado el segundo acto: ciertas elecciones de lenguaje son las principales ofensoras, a la luz de otras alusiones mucho más sutiles como encuadres específicos o el diseño de vestuario, que en suma delatan el tema de esta parábola. Ya llegado este momento, sin embargo, Aronofsky está menos consternado con mantener el misterio y más con hacer de ¡madre! una alucinante provocación que, con seguridad, entretendrá a algunos y ofenderá a otros, según las visiones del mundo de cada cual.

Tras presenciar la sensorial obra de Aronofsky, la indiferencia es una opción improbable. Dejarse llevar por el delirio audiovisual es el mínimo necesario, para absorber la lluvia de símbolos y abrazar o rechazar su lectura.