Pensó que nadie, en su sano juicio, subiría un rascacielos a pie.

Pero ese día, precisamente ese día, el ascensor había quedado fuera de servicio. Tenía que suceder justo cuando Gustavo ya iba tarde para la importantísima junta que se llevaría a cabo en el penúltimo piso.

No podía permitirse el lujo de no presentarse, así que se acomodó las rebosantes carnes en el pantalón, las afianzó con el cinturón, y comenzó el viaje escaleras arriba.

Ya iba por el tercer piso cuando un vaso de agua se convirtió en su mayor deseo en el mundo, y el ascenso mostraba sus estragos en forma de gotitas en la frente y respiraciones que más parecían arcadas. Para el cuarto piso, su mayor preocupación era si el rebosante sudor en su camisa se vería demasiado mal durante la junta.

Ese fue su último pensamiento antes de desplomarse, víctima de la punzada en el pecho, y rodar abajo hasta quedar en el descanso entre los pisos cuatro y tres.